lunes, 29 de diciembre de 2014

Cartas

Papá compró un mazo de cartas, venían empacadas en una preciosa caja de cartón. Encontré el mazo de cartas sobre el librero, víctima de la curiosidad las tomé. En la escuela —durante el receso—, saqué las cartas para mostrarlas a Tere y Azu. Traté de enseñarles a jugar burro castigado, pero las dos son unas cabezas huecas.
Azu hizo un truco de magia, pidió que escogiera una carta, lo hice: cuatro de copas. Revolvió mi carta con el resto:
—Sopla.
Soplé y miré incrédula los pases mágicos que hacía con los dedos. Me devolvió las cartas y las revisé; ¡mi carta había desaparecido! No tenía idea de cómo lo había hecho.
—¡Es magia titina! —dijo con su risita burlona.
Exigí la devolución de la carta, dijo que no sabía hacer el truco a la inversa, se encogió de hombros y se marchó. Lloré hasta que terminó el receso, mientras Tere trataba de consolarme.
En casa, aguardaba el regreso de papá. Mamá me llamó para bajar a saludarlo cuando regresó de la oficina; había pensado una historia para justificar la carta perdida. Cuando me acerqué a darle un beso a papá, sentí la náusea, arqueos  y vomité la carta: el cuatro de copas. ¡La odio!
Sergio F. S. Sixtos

Náufrago

Sabía que moriría, su cuerpo se hundió en el fondo del mar y el ahogado comenzó a extrañar el sol, las mujeres y el vino estival.



Sergio F. S. Sixtos

martes, 15 de abril de 2014

Balas

Amadís el Pelirrojo era considerado el mejor gatillero de Pablo Escobar durante la década de los ochenta. Era memorable observarlo en su motoneta circular por las calles de Medellín y como un ave de presa dirigirse a la víctima indicada y ¡pam! Una bala en medio de los ojos. Los curiosos describían excitados la precisión de la bala, el cadáver con la expresión de azoro congelada en el rostro y el hilito de sangre brotando entre los ojos. La puntería de Amadís el Pelirrojo era legendaria. Acaparó el mercado de los sicarios y al mismo tiempo lo devaluó, llegó a matar por el precio de una botella de ron. Amadís era el favorito del patrón: fiscales, políticos, rivales en el negocio, todos pasaron por su pistola M15. En esos días publicaron un artículo en El Colombiano, sobre la precisión matemática en los disparos del joven sicario (el periodista conocía la identidad de Amadís, pero no la revelaba por miedo a represalias). Amadís gozaba de la fama y el terror que inspiraba.
En ese entonces yo hacía grafitis, me movía por barrios miserables. Una noche escribía mi tag con colores fosforescentes bajo un puente, Amadís observaba discreto a la distancia. Se acercó y me invitó una cerveza. Creo que mi grafiti le gustó. Con el tiempo supe que era un pintor frustrado. Visité su casa y charlamos durante horas, era un tipo que leía bastante, sobre todo autores mexicanos: Carlos Fuentes, Octavio Paz y novelas de la revolución mexicana. Sería un dorado de Villa, decía desenfundando la pistola; entonces me atreví a preguntar sobre su fabulosa puntería. Tengo pacto con el diablo, dijo entre risas.
Con el tiempo llegue a creer que era cierto, solo necesitaba de un solitario tiro para encajar la bala entre ojo y ojo. Una noche en que estábamos borrachos y drogados, me mostró los tatuajes indescifrables que decoraban su torso. Es el nombre del demonio y la oración para invocarlo, así siempre lo tengo cerca cuando lo necesito, dijo mirándose en el espejo. No vi al Pelirrojo por varios días, pero supe de sus andanzas por los periódicos. Tras morir el patrón, la cabeza de Amadís tenía precio. Se movía furtivo por la ciudad,  receloso y aun no entiendo la razón de su confianza en mi persona.
Una noche mirábamos una pelea del Macho Camacho por televisión y Amadís preguntó si me gustaría conocer al demonio. Las balas, él las patrocina. Son justo del calibre que necesito, dijo quitándose la camisa y sin decir más, se paró frente al espejo y comenzó a leer los símbolos de su torso en una lengua que sonaba gutural y antigua. Los tatuajes se movían al ritmo de las palabras, yo estaba petrificado y un gusto amargo invadía mi boca. Un fluido negro comenzó a salir de las paredes y se detenía en el centro de la habitación, el fluido comenzó a subir como si fuera un chorro de agua y se solidificó. El demonio tenía una apariencia antropoide y su rostro estaba oculto tras pliegues marchitos de piel sobre piel. La habitación apestaba a mierda pero el terror me tenía paralizado. Amadís extendió la mano y el demonio le dio un puñado de balas. Después ya no recuerdo nada. Amadís vertió cerveza helada sobre mi cara y señaló orgulloso el montón de balas que yacían sobre la mesa, cerca de un millar. Confesó que las víctimas de esas balas, eran almas para el demonio. Comprendí entonces que Amadís proporcionaba el sustento al maligno a cambio de su pasmosa puntería. Temblando fui a la cocina por más cerveza. Al regresar cosí a puñaladas al Pelirrojo. Después corté el cuerpo y lo incineré en una fábrica abandonada. Nadie lo echaría de menos. Cogí las balas y ahora estoy en Sinaloa, bogando contracorriente, pero forjado un nombre a sangre y fuego.

Sergio F. S. Sixtos

miércoles, 2 de abril de 2014

En el claro de la luna

Un rayo de luz se coló por la ventana. La niña despertó sobresaltada, había tenido una pesadilla, una visión fantasmagórica. La niña se arropó en la cama y cerró los ojos, contó borregos, más no volvió a conciliar el sueño. Un ruido en el patio la alertó. El claro de la luna iluminaba una figura menuda y desnuda; que se mecía en el columpio. La piel de la criatura era traslúcida al fulgor de la luna. La niña se cubrió con la bata y calzó las pantuflas. Salió de la recámara y se dirigió al patio. Llegó de puntillas al columpio y la raquítica figura la miró por un largo rato.
—Tengo miedo de ti —dijo la niña.
—¿Por qué habrías de temer? —preguntó el demonio necrófago sonriendo.

Sergio F. S. Sixtos
Arte de Hornedquad.

lunes, 31 de marzo de 2014

Día de pesca

      La playa marciana era barrida por campos magnéticos de olas de herrumbre y sal; al ocaso los peces metálicos comían insectos mecánicos. Las turbulencias magnéticas se estremecían ante los embates de los peces en pos de las presas y una niña marciana en la orilla, miraba emocionada la lucha marina. Era el primer día de pesca de Az-U y llevaba consigo una rudimentaria caña de pescar —un regalo de papá—, equipada con un sedal de luz. Lanzó lejos al primer intento la carnada y atrajo a los peces por vibraciones de baja frecuencia, un enorme pez de cristal se tragó de un bocado la carnada y con un chispazo el sedal se encogió y arrojó al enorme pez de cristal contra Az-U; el impacto la derribó y el pez de cristal se hizo pedazos. Az-U miró cada uno de los fragmentos del pez esparcidos a su alrededor y comenzó a llorar. Una voz la llamó, era papá, se enjuagó las lágrimas y recogió todos los aparejos de pesca, dio un último vistazo a los fragmentos del pez y corrió siguiendo el sonido de la voz. Az-U fue reprendida por la tardanza, terminó de hacer las maletas y siguió a papá al cohete espacial.
    Con un rugido el cohete despegó con los últimos marcianos a bordo. Por la ventanilla del cohete, el mar marciano parecía una diminuta charca. Az-U miró el mar con cierta nostalgia, por el pez roto y el hogar abandonado. Az-U levantó la vista y a lo lejos divisó un pequeño punto azul —el azul era su color favorito— y pidió un deseo: volver a pescar un gigantesco pez de cristal, en los mares de Titán.

Sergio F. S. Sixtos

miércoles, 26 de marzo de 2014

Hambre

Comenzó a devorar los dedos, brazos y piernas. Masticó con deleite su propio rostro y al final los dientes provocaron un problema.

Sergio F. S. Sixtos
Arte de Francis Bacon.

domingo, 23 de marzo de 2014

Enseres

    El microondas golpeaba al tostador y la licuadora intervino en la pelea —sentí miedo y salí corriendo de la cocina—, en la sala la lámpara de pie arremetía contra el tocadiscos que en ese instante reproducía un disco de jazz; entonces la pianola —cual rinoceronte enfurecido— se abalanzó sobre mí, la esquivé de milagro y se estrelló contra el ventanal cayendo hacía la calle. Es todo lo que tengo que decir, señor Juez.

Sergio F. S. Sixtos

jueves, 20 de marzo de 2014

Kafka inédito

En un sótano húmedo buscó el manuscrito perdido de Franz Kafka; lo encontró en un armario oculto dentro de una caja de zapatos. Leyó con expectación las doscientas hojas emborronadas, concluyó la lectura después de cuatro horas con un dejo de placer. Decidió quemar el libro, atendiendo la última voluntad del escritor.

Sergio F. S. Sixtos

lunes, 17 de marzo de 2014

jueves, 13 de marzo de 2014

Asolador

El engendro cósmico comenzó a devorar la estrella, saboreó cada bocado de plasma incandescente. Los nativos del planeta miraban alucinados, mientras el frío indicaba el inicio del último anochecer.

Sergio F. S. Sixtos
Arte de Richard Luong.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Desavenencia

El robot humanoide se enamoró de una mujer de carne y hueso. El romance fue tórrido y breve. Ella lo abandonó a causa de una disfunción en su reactor de fusión nuclear de bolsillo.

Sergio F. S. Sixtos
Arte de Rudy Jan Faber.

jueves, 6 de marzo de 2014

Precipitado

La voz dentro de mi cabeza no me deja en paz. Murmura cosas malas, me incita a la crueldad. No lo soporto más, subo al puente peatonal y me arrojo al vacío. Mi cabeza se destroza contra el pavimento. La voz se ríe de mí.

Sergio F. S. Sixtos
Arte de Javier Velasco.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Regio

En la corte de los percebes, gobiernan dos reyezuelos (gemelos); hombres letrados los educan en filosofía y arte. Ingenieros espaciales, los adiestran en las leyes del éter y los principios de los mecanismos de movimiento perpetuo. Los reyezuelos regentan con tesón, imparten justicia y hacen prosperar al reino.
Un día, uno de ellos enloquece y cegado por la sinrazón apuñala a su hermano. Las leyes son claras, el regicidio se castiga con la muerte. El monarca chalado da un golpe de estado y se depone él mismo. Ya no es el soberano, ahora es sólo un mercenario al servicio de oscuros propósitos. La anarquía domina el feudo. Una señal divina muestra el camino de la redención al pueblo: entre pompas y fanfarreas los súbditos coronan a su adorado rey loco.

Sergio F. S. Sixtos

Arte: Michael Hussar.

martes, 4 de marzo de 2014

Prodigio

Cthulhu el que es nombrado y temido se desplaza etéreo por el paisaje, la presencia divina hace que los humanos se postren a su paso. Sólo vivimos para adorarlo y cumplir los deseos de nuestro amo. Cthulhu el infinito, el dador de vida y de muerte extiende su visión ufano en el valle de las cosechas (hombres y mujeres esclavos) listos para alimentarlo. Es un honor el día de hoy, entregar a mi hijo para que sea devorado…

Sergio F. S. Sixtos

miércoles, 26 de febrero de 2014

Presentimiento

El detective no encontró pistas en torno al cadáver. Cada uno de los sospechosos tenía una coartada perfecta; entonces el detective observó con atención al lector y comenzó a desconfiar.

Sergio F. S. Sixtos

domingo, 16 de febrero de 2014

El desafío

La mañana se asomó por la ventana. Perezosa, me negué a abrir los ojos. Cubrí mi rostro con las sábanas y me concentré en continuar mi apacible sueño, era un sueño lindo: podía volar, surcaba el aire y las gaviotas graznaban celosas. Las dejaba atrás, muy atrás; comparada con ellas, yo era un avión supersónico. El avión a reacción en que me había convertido, atravesó una nube cargada de agua de lluvia. Un ruido atronador inundó el ambiente. Desperté sobresaltada. Nubarrones de tormenta oscurecían la mañana.

—¡Azu levántate ya! —era Dana llamándome desde el patio. La saludé desde la ventana y ella me hizo un gesto de impaciencia.

Arrojé el pijama, y vestí camisa y falda, para lucir mis nuevas zapatillas deportivas. Dana y yo acordamos saltar la cuerda desde ayer, teníamos una competencia y yo iba primera, con 30 saltos sin fallar. Dana no se quería quedar atrás, sólo había que mirar su tremenda concentración, estaba decidida a vencerme.

Dana decidió comenzar, la cuerda zumbaba a cada salto: 1, 2,…, 28, 29,… El retumbar de un relámpago nos asustó, y corrimos a refugiarnos dentro de la casa.

Hicimos espacio en el comedor y reanudamos la competencia de saltos de cuerda; pero mamá nos prohibió saltar dentro de la casa. Disgustadas subimos a mi habitación y vimos llover.

Dejó de llover, o como diría el abuelo: escampó. Salimos dando brincos de contentas a seguir con nuestro desafío de la cuerda. El sol iluminó el jardín y un arcoíris se dibujó a lo lejos. Miramos emocionadas cada uno de los colores que lo formaban, preguntándonos como se formaban esos colores tan bonitos. Dana fue la primera en darse cuenta: el arcoíris se movía, lento como un caracol, se acercaba a la casa. Corrimos para avisarle a mamá. Ella horneaba un pastel de chocolate, nos respondió con una sonrisa y siguió ocupada con el pastel. Subimos alarmadas a mi habitación; el arcoíris venía directo hacia la casa, era la velocidad de caracol más rápida que he visto en mi vida. Gritamos y pataleamos alarmadas, nos refugiamos bajo la cama.

El impacto fue feroz. La casa se estremeció hasta los cimientos. Cayeron libros y cuadros al suelo, todo estaba patas arriba. Salimos corriendo para auxiliar a mamá. El pastel de chocolate era una ruina y había trozos de arcoíris por toda la casa. Ayudamos a mamá en el aseo de la casa. Yo conservé algunos trozos de arcoíris y con ellos construí un móvil que cuelga al centro de mi recámara. Dana, corrió a su casa con una canasta rebosante de cristales multicolor.
Sergio F. S. Sixtos


                                                       

miércoles, 12 de febrero de 2014

Cosas de palabras

Las palabras: giran, danzan, se empujan y revolotean entre ellas. Algunas chillan, maldicen y en un instante se borran. Otras se conocen y reconocen, y poco a poco se amalgaman y crean una historia.
Sergio F. S. Sixtos

domingo, 9 de febrero de 2014

Nadie mira



Un cuento zombie se coló en un cuento policíaco. En un breve instante: el detective, el sospechoso y la víctima ya comían cerebros.

Sergio F. S. Sixtos

viernes, 7 de febrero de 2014

Guirindán, guirindán, guirindán

La mofeta negra llegó al Palacio de las blanquísimas mofetas la noche de carnaval. La música paró, las mofetas blancas la observaron curiosas. La nobleza se reunió con la reina y deliberó: “No se permitirá a una vulgar mofeta azabache degenerar nuestra hermosa blancura.”
La mofeta sastre diseñó y cortó para Su Majestad Imperial, un hermoso abrigo negro y terso.
Sergio F. S. Sixtos

miércoles, 5 de febrero de 2014

El oficio de escritor


Ensambló cada una de las piezas (perfectamente engrasadas) de la carabina M1, las manos se deslizaban hábiles, cual arañas. El humo del tabaco rubio hacía que William S. Burroughs entornara los ojos. Colocó el rifle sobre la mesa y acarició la culata distraído.

Un ruido siseante captó la atención del autor, la adrenalina le recorrió el cuerpo; despacio, muy despacio tomó el arma. Se volvió con la rapidez de un gato y disparó en tres ocasiones. El virus palabra explotó como un globo, lanzando letras y erratas al rostro del escritor.

Sergio F. S. Sixtos


domingo, 2 de febrero de 2014

La cita

Sábado por la tarde, María tiene prisa: revisa el bolso una vez más, se mira en el espejo, se alisa el cabello, revisa el carmín de sus labios. Arturo la espera en el café de siempre, por tercera vez ha llamado por teléfono, impaciente. María gira sobre sí misma. Toma la cartera: hay suficiente efectivo, agarra las llaves, unas gotas extras de Flowerbomb.
La luz del atardecer se cuela por la ventana, dibuja rectángulos de luz sobre las baldosas; María las atraviesa y cae por ellas, se precipita en caída libre hacia el infinito.
Arturo mira el reloj: ha transcurrido una hora desde la última llamada; paga la cuenta y se marcha del café: maldice en voz alta.
Sergio F. S. Sixtos

lunes, 27 de enero de 2014

Decisiones

Respiró profundo, se caló el sombrero y salió decidida a conquistar el día. Los vientos alisios provenientes del sur la hicieron dudar. Sus pasos perdieron vigor, relajó los hombros y miró hacia el piso; el sombrero cayó al suelo. Dio media vuelta y regresó al hogar.

Sergio F. S. Sixtos


miércoles, 22 de enero de 2014

Revelación


El último jefe SS abrió la boca y una bala le atravesó el cerebro.

Abrió los ojos y un demonio sonriente, le mostró el infierno.

Sergio F. S. Sixtos

lunes, 20 de enero de 2014

Acto de amor


Lo besó suave, despacio… sólo un dejo de amargura se coló por su corazón. Hizo a un lado al maniquí y siguió limpiando el aparador.

Sergio F. S. Sixtos

viernes, 17 de enero de 2014

Día de caza

 El cazador de cabezas blandió la espada y la cabeza rodó por el suelo. La tomó por el cabello y la levantó curioso. Observó —como siempre lo hacía— la luz que escapaba por los ojos; el rictus de sorpresa, congelado para siempre en el rostro. La sed de sangre lo movía, sentía la energía desbocada recorrer todo el cuerpo, los músculos tensos y poderosos. Un hombre corrió hacia el bosque. El cazador de cabezas respiró profundo. Fue una presa fácil, sólo alcanzó a correr unas cuantas varas. El cazador de cabezas corría distancias imposibles de alcanzar por hombres comunes. Estaba entrenado para afrontar cada uno de los retos que la presa podría brindar. Abrió el morral y arrojó la cabeza junto a las otras seis. Limpió la espada de acero —templada en sangre de esclavos—, en el torso de la presa, que aún se convulsionaba por la agonía de la muerte. Alzó la vista al cielo y agradeció a los dioses por los trofeos obtenidos. Montó su corcel y miró hacia atrás, la aldea de leñadores ardía y otros cazadores de cabezas de castas inferiores recogían el botín conquistado. Condujo la montura al interior del bosque, quería alejarse del llanto de los nuevos esclavos. Encontró un riachuelo y abrevó la montura, se recostó en el césped dispuesto a descansar.
Despertó sobresaltado, de nuevo ese singular sueño: una estancia extraña, personas sentadas frente a fuentes de luz y él, mirando imágenes y símbolos. El cazador de cabezas se sentía cansado y enojado.
Luciano despertó, una vez más el sueño recurrente. Él era un cazador de cabezas, el más poderoso del clan. Sonrío y miró a sus compañeros de oficina, tipos grises y fofos; bebedores de café y adictos a Internet. Todos eran unos estúpidos. La consciencia de su casta guerrera, el orgullo de ser siempre el primero y el último. El orgullo era un demonio, que lo invadió desde el primer sueño. Suspiró y sintió la adrenalina recorrer su cuerpo. Sacó del maletín el revólver y el cazador de cabezas comenzó a disparar.
Sergio F. S. Sixtos

miércoles, 1 de enero de 2014

Cinco pesos de golosinas

Había comprado cinco pesos de golosinas. De camino a casa y con una sonrisa en su rostro. ¡Cinco pesos! Una flamante moneda, era el pago por el día de trabajo. No era una tarea fácil cortar el césped. Hundir las rodillas en la hierba húmeda. Cortar de diestra a siniestra. La mañana fresca había salpicado con gotas de roció una telaraña tejida entre los arbustos. Miró con curiosidad buscando a su inquilina: se asomó bajo una hoja una araña amarilla salpicada de motas rojas. Dientes de león volaban como las hadas de los cuentos. Los pajarillos trinaban insolentes ocultos entre el follaje de los árboles. La hierba la guardó en un viejo costal de yute. El jardín era un lugar mágico y ella lo sabía. 
Llevaba bastones de caramelo, chocolates crocantes envueltos en verdes papelillos, fruta confitada y nueces enchiladas. Todo lo que se podía obtener con cinco pesos.
Camino a casa se encontró con una vieja marchita acompañada de un niño cubierto de mugre y mocos. Solicitaban limosna a los transeúntes. Tendió al niño la bolsa de golosinas. ‹‹Ya crecerá la hierba›› pensó, con la sonrisa intacta.

Sergio F. S. Sixtos

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