miércoles, 14 de enero de 2015

El Tercer Reich en América

Juan Hassel nació en Montevideo Uruguay, desde joven albergó nostalgia por la patria de los abuelos paternos. Al estallar la Segunda Guerra Mundial atendió el llamado de la sangre: Volksdeutsche. Se alistó en el 5° Regimiento Panzer gracias a sus habilidades como mecánico. Durante el sitio de Tobruk perdió un ojo y fue tomado como prisionero por los británicos. Logró escapar junto con otros dos compañeros internándose en el desierto Libio.

La travesía entre tormentas de arena durante el día y gélidas noches cobró la vida de uno de sus camaradas. Según el reloj de Juan (regalo de infancia del abuelo) habían transcurrido tres días con sus noches de jornada, comieron alguna serpiente que cazaron y la ración de agua de las cantimploras estaba por agotarse. A la distancia divisaron un cumulo de piedras y oculta entre ellas había una cueva. Permanecieron escondidos perdiendo la noción del tiempo (la fina arenilla del desierto terminó por estropear el reloj). Juan comenzó a escuchar voces, susurraban poemas en español acerca de la tierra abandonada, el barrio natal Pocitos, la playa y los asados. El corazón de Juan comenzó a encogerse por la pena. Las voces decían que la guerra estaba perdida, había que volver a Montevideo y comenzar de nuevo. Las voces exigían un sacrificio de sangre para ayudarlo a regresar a casa. Juan no lo pensó dos veces, tomó una pesada roca y la estrelló contra la cabeza de su compañero que dormía, la muerte llegó instantánea. 

Un vórtice de luz se abrió en la pared de la cueva, Juan la atravesó atendiendo la invitación de las voces. El portal de luz lo condujo de nuevo a Montevideo a un tiempo que ya no le correspondía, setenta y tres años en el futuro.


Es común ver en la calle 18 de Julio a un joven flaco y desgarbado, vistiendo harapos de lo que otrora fuera un orgullosos uniforme del Afrikakorps, sosteniendo un soliloquio y aceptando mendrugos de pan susurrando: dank

Sergio F. S. Sixtos

lunes, 5 de enero de 2015

El haiku

Una tarde, nos reunimos Ulises Luna, Pepe Daconte y yo en el Café Ik de la calle Independencia. El aroma a café tostado y el chocar de tazas de las mesas vecinas, incitaron a Daconte a contar una de sus historias de detectives —tenía dos años retirado y aún no lo abandonaba la nostalgia—, sin dejar de garabatear en su libreta caricaturas  de las personas que ocupaban las mesas aledañas dijo:
—Voy a contarles algo que sucedió hace años, llega la idea, ya que no puedo quitar la vista de la portada del libro que lee la joven a la que estoy retratando.
Miré el dibujo, no era malo, pero a veces Daconte exageraba con sus pretensiones artísticas. El libro de la joven era una antología de haikus clásicos japoneses: Issa, Buson, Shiki y otros.
—El 26 de septiembre de hace cuatro años —comenzó Daconte—, recibí una llamada urgente de mi jefe, habían asesinado en su departamento a la prestigiosa poetisa Xóchitl Guadarrama, tal vez recuerden el caso, la prensa amarillista hizo un escándalo del homicidio.
—Lo recuerdo, se descubrió que fue un crimen pasional más no tenía idea de que estuviste involucrado en el caso —dijo Ulises Luna.
—Las consecuencias del crimen me tienen sin cuidado —dijo Daconte haciendo una mueca de desdén—, lo interesante, es que se cumple aquel viejo refrán: "genio y figura hasta la sepultura". Aquella mujer: escribió libros de poemas, acaparó premios literarios y vivió la poesía hasta el final de su vida. No soy una autoridad en el tema ni mucho menos, pero sé distinguir entre el trabajo de un aficionado y un profesional en casi todos los campos útiles para mi actividad. —Daconte haciendo gala de su terrible modestia,  hizo una pausa teatral mientras cerraba su libreta de apuntes y apuraba su café con leche, pidió uno más a la camarera y prosiguió:
—Me dirigí al conjunto urbano Nonoalco Tlatelolco, al departamento 576 del edificio Cuauhtémoc. Los policías de a pie con los que me encontré estaban desconcertados por la evidencia encontrada o mejor dicho por la falta de evidencia; la poetisa había sido apuñalada y no había rastro de lucha en el departamento, ni arma homicida. La única pista palpable era un pequeño poema escrito, con la propia sangre de la víctima, a un lado del cadáver. Todo hacía suponer que la poetisa había escrito esos versos, quizá como testamento literario. Algunos de mis compañeros lo pensaron así. Soy escéptico en todos los campos por naturaleza y rechacé la idea desde un principio, aunque la letra era errática y temblorosa había algo que no cuadraba. En la biblioteca de la poetisa, como es de suponer, estaban sus obras completas; revisé cada uno de los libros y leí los poemas; eran cantos al amor,  la esperanza y a la vida. No estaba presente la métrica que desde pequeño me enseñaron en la escuela, todo el trabajo de la poetisa era prosa poética.
—¿Había una diferencia con lo escrito en el piso? —pregunté tratando de recordar alguno de los poemas que sabía de memoria.
—Sí, era un haiku, ya saben: pequeños poemas compuestos de tres versos que describen  la naturaleza —contestó Daconte señalando el libro de la joven.
—Es extraño que una poetisa que escribió prosa poética toda su vida decidiera escribir un haiku en sus últimas horas —dijo Ulises Luna mirando el libro de la joven.
—Lo mismo pensé, leí con atención el haiku y dirigí a los policías de a pie a detener al asesino —dijo Daconte con satisfacción.
—Espera, espera. ¿Quieres decir que estaba escrito en el haiku la identidad del asesino? —pregunté incrédulo.
—Claro que no, la vida no es tan simple amigo mío; quiero decir que el asesino quería que lo descubriera y dejó todo a mi disposición —contestó Daconte con una sonrisa burlona.
Miré ofendido a Daconte, mientras éste ordenaba su tercer café con leche.
Daconte prosiguió sin darse por aludido:
—El haiku era de lo más vulgar y decía:
Observa el cuerpo
fue próxima la muerte
sigue los versos.
—No entiendo —tuve que admitir.
—Está claro —apuntó Daconte sonriendo.
—Tampoco entiendo —secundó Ulises Luna frunciendo el ceño.
—El haiku amigos, es un poema breve, una reflexión poética de la naturaleza o la vida cotidiana y sólo lo estructuran tres versos;  para llamarse haiku, se necesita que el primer verso sea de cinco sílabas, el segundo de siete y el tercero verso de cinco sílabas. 575; el número del departamento del homicida, era el vecino, el amante despechado. Encontramos el arma homicida y al sospechoso que aún no se deshacía de la evidencia. —Daconte terminó su tercer café con leche y ordenó la cuenta.
Ilustración: Alejandra Gamez
Sergio F. S. Sixtos

viernes, 2 de enero de 2015

Internacional Microcuentista

Repasando lo hecho el año anterior (aquel aún cercano 2014), la Internacional Microcuentista publicó una entrada sobre el proceso creativo de un servidor. Lo comparto con ustedes:

http://revistamicrorrelatos.blogspot.mx/2014/05/la-idea-viene-menudo-de-la-manocon-una.html

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